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Emoticono


Emoticono. No sé de dónde deriva este término, pero tendría sentido que fuese de los sustantivos emoción e icono. Me encanta utilizarlos porque a la hora de interactuar disfruto mucho del intercambio de emociones con otras personas. 


Se me viene a la cabeza un vuelo que hice a Hamburgo en uno de esos aviones que parecen de juguete en los que hay dos filas de dos asientos cada una. Si no habéis estado en uno de esos, tenéis mucha suerte... Recuerdo que en un momento de turbulencias la persona que se sentó a mi lado, que no parecía muy animada con la idea de volar, me cogió del brazo y me miró con una sombra de fatalidad. 

Casi como acto reflejo, yo sonreí. No porque no creyese que esa avioneta pudiese salvarnos si la cosa se ponía fea. Sonreí porque me hizo gracia lo dramática que se había puesto la señora y, lo creáis o no, eso la relajó. No soy psicoanalista, pero es posible que mi expresión serena ayudase a esa persona a tranquilizarse y después tuvimos una agradable charla sobre lo afortunados que éramos al vivir en España con su tiempo agradable incluso cuando llueve. 

Interactuar nos lleva a lugares que no conocemos. El diálogo espontáneo en el que muestras tu vulnerabilidad, tu ingenio, tu pasión… Whatsapp es genial porque puedes contestar instantáneamente a una persona que te hable desde la otra punta del planeta. Pero te pierdes la sensación de haber tranquilizado a una desconocida o la increíble sensación que te hincha al recibir una sonrisa sincera.

Siempre me ha resultado interesante relacionarme, hay gente con la que charlas y aprendes siempre. Personas que cuentan muy buenas historias, familia a la que no vemos mucho por el ajetreo… Cuando se trata de hablar, como dice mi hermana: “hay que verse más y escribirse menos.”

John Sam
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