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Nadia Murad y Denis Mukwege, Premio Nobel de La Paz 2018



Durante el día de ayer, Oslo se ponía de gala para celebrar la ceremonia de los Nobel de la PazEl cirujano congoleño Denis Mukwege y la activista yazidí Nadia Murad, se convertían así, ella tan solo a sus 25 años, en laureados con el Premio Nobel de La Paz, por su labor de activismo incansable en defensa de los derechos humanos, sobre todo para con las mujeres. Ambos personajes hacen de su historia, un arma muy inspiradora, para luchar contra la violencia, una batalla que ahora recibe dicho reconocimiento.




Nadia es una superviviente del mercado de esclavas sexuales, y ahora se ha convertido en la primera persona en ser nombrada Embajadora de Buena Voluntad por la Dignidad de los Supervivientes de la Trata de Personas de la ONU. En su libro autobiográfico "Yo seré la última"(comprar aquí), comparte el valor y testimonio de una mujer, dispuesta a cambiar el mundo. 





Atacar a Sinjar (en el norte de Irak) y llevar a las niñas a usarlas como esclavas sexuales no fue una decisión espontánea tomada en el campo de batalla por un soldado codicioso. El Estado Islámico lo planeó todo: cómo llegarían a nuestros hogares, qué haría a una niña más o menos valiosa, qué militantes merecían una sabaya (esclava sexual) como incentivo y cuál debería pagar. Incluso discutieron sobre sabaya en su revista de propaganda, Dabiq, en un intento por atraer nuevos reclutas. Pero Isis no es tan original como sus miembros creen. La violación ha sido utilizada a lo largo de la historia como un arma de guerra. Nunca pensé que tendría algo en común con las mujeres en Ruanda. Antes de todo esto, no sabía que existía un país llamado Ruanda, y ahora estoy vinculada a ellas de la peor manera posible, como víctima de un crimen de guerra... Es tan difícil hablar de que nadie en el mundo ha sido procesado por cometer dicho crimen hasta 16 años antes de que Isis llegara a Sinjar.


En noviembre de 2015, un año y tres meses después de que Isis viniera a Kocho, mi ciudad natal, me fui de Alemania a Suiza para hablar en un foro de la ONU sobre temas de minorías. Era la primera vez que contaba mi historia ante una gran audiencia. Quería hablar de todo: las niñas que murieron por deshidratación, las familias todavía atrapadas en la montaña huyendo de Isis, las miles de mujeres y niñas que permanecieron en cautiverio y lo que mis hermanas vieron en el lugar de la masacre. Solo fui una de las cientos de miles de víctimas de Yazidi. Mi comunidad estaba dispersa, viviendo como refugiados dentro y fuera de Irak, y Kocho todavía estaba ocupada por Isis. Había tanto que el mundo necesitaba oír sobre lo que les estaba pasando a los yazidis.


Quería decirles que se necesitaba mucho más por hacer. Necesitamos establecer una zona segura para las minorías religiosas en Irak; para procesar a Isis, desde los líderes hasta los ciudadanos que habían apoyado sus atrocidades, por genocidio y crímenes de humanidad; Y para liberar todo de Sinjar. Tendría que decirle a la audiencia sobre Hajji Salman y las veces que me violó y todos los abusos que presencié. Decidir ser honesta fue una de las decisiones más difíciles que he tomado, y también la más importante.





Testimonio de Nadia Murad para The Guardian




El médico Denis Mukwege ha dedicado su vida a operar a mujeres y niñas violadas en la República Democrática del Congo. Sus denuncias de la impunidad de los responsables, la inacción del Gobierno y el uso del cuerpo de la mujer como arma de guerra le han reportado enemigos poderosos, y a pesar de arriesgar su propia seguridad, encabeza una de las mayores luchas de su país y del mundo. 





Fundó en Bukavu el hospital Panzi, para el tratamiento de mujeres embarazadas. O eso creyó al principio. La visita de una mujer lo cambió todo. “Me acuerdo muy bien de aquella primera chica. Me impresionó, era la primera vez que veía algo así. Había sido violada por seis soldados, y el último le había disparado en sus órganos sexuales. Pensé que era pasajero, que era el acto de un bárbaro, pero después me di cuenta de que era algo que me iba a cambiar el resto de la vida”. Después de aquella primera víctima, llegaron miles. Una ola de violaciones masivas arrasó el este del Congo. Mukwege calcula que en Panzi han curado a más de 45.000 mujeres, aunque la cifra incluye también las operaciones de madres con problemas físicos tras dar a luz y que no han sido agredidas sexualmente. A él le fastidia que los medios occidentales le pregunten siempre por números. “Una sola mujer violada ya es demasiado. Detrás de cada cifra hay una persona que sufre, deberíamos ser más sensibles con las personas y no con los números”.

Una mañana llegó a Panzi una adolescente violada a quien el doctor congoleño reconoció enseguida: era la hija, fruto de una violación, de una madre que él mismo había tratado en el hospital unos años antes. “Una nueva generación de mujeres estaba siendo violada ante mis ojos. No podíamos tratar solo a las mujeres en el hospital; había que hacer algo más”. Aquel día, Mukwege decidió convertirse en abogado de los derechos de las mujeres y explicar al mundo la barbarie de la que era testigo. Y sus palabras llenas de valor, de denuncia ante la impunidad, empezaron a molestar. Estuvo a punto de pagarlo con su vida.


El jueves 25 de octubre de 2012, tras regresar a Bukavu después de dar una conferencia en la sede de la ONU en Nueva York y unas charlas en varios países europeos, cinco hombres armados lo esperaban en su casa. Los asaltantes retenían a Lisa y Denise —dos de sus tres hijas—, además de a una prima, y esperaban con el dedo en el gatillo. Mukwege tiene aquella tarde grabada en la memoria. “Eran profesionales e iban a matarme. Mi centinela Joseph intentó evitarlo y le dispararon en la cara. Pensé que era el fin y me tiré al suelo, pero vi que no estaba herido. Lamentablemente, mi pobre amigo Jeff murió”. Tras los disparos —la casa está a cincuenta metros de una base de la ONU y a doscientos de una comisaría de policía—, los atacantes huyeron a la carrera. No se investigó el ataque y nadie fue detenido.


Aquel día, Mukwege estuvo más cerca de abandonar que nunca. “Cuando me atacaron, huí, porque tuve el reflejo de proteger a mi familia. Pero entonces esas mujeres hicieron una cosa increíble”. Quizá sea más exacto decir que hicieron lo imposible. Durante semanas, cientos de mujeres se manifestaron en las calles de Bukavu para pedir el retorno del doctor, escribieron cartas al presidente Joseph Kabila e incluso, pese al bolsillo humilde de la mayoría, reunieron el dinero para pagar su viaje de vuelta al Congo. “¡Mujeres pobres vendieron tomates y frutas en el mercado para ahorrar y pagar mi billete! Me quedé sin argumentos para abandonarlas. Comprendí su grito. Abandonarlas significa aceptar que los violadores han ganado”...

 “El mundo ha empezado a tejer redes solidarias. Cada vez hay más hombres como tú y como yo dispuestos a movilizarnos para oponernos con fuerza a que violen a una mujer. No lo duden, vamos a ganar”.




Testimonio de Denis Mukwege, para Revista 5W  

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